1  La encrucijada del dólar estadounidense y las nuevas realidades del sur global

Autor/a
Afiliaciones

Christian R. Proaño

Universidad de Bamberg

Center for Applied Macroeconomic Analysis

Macroeconomic Policy Institute (IMK)

Lo que una vez fue considerado un axioma indiscutible de la geopolítica económica global se ha convertido en un debate abierto en ámbitos académicos y políticos: el posible declive del dominio del dólar estadounidense. Para Ecuador, es una cuestión vital comprender las posibles consecuencias económicas de dicho declive, no solo por la dolarización de la economía, sino también por las repercusiones regionales y globales que este proceso podría generar.

Durante ochenta años, desde la creación del sistema monetario internacional de Bretton Woods, el dólar estadounidense ha sido mucho más que una simple moneda. Ha sido un instrumento de poder geopolítico, una fuente de estabilidad financiera y, para Estados Unidos, una fuente de generación de riqueza inigualable, debido al “privilegio exorbitante” de emitir dinero prácticamente sin límite —obteniendo ganancias de señoreaje equivalentes al 3 % de su PIB anual— y financiar así sus déficits fiscales a tasas de interés bajas, gracias a la continua demanda global de dólares.

El dominio del dólar tiene sus raíces en Bretton Woods de 1944, cuando una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial y una Unión Soviética todavía no desarrollada económicamente dejaron a Estados Unidos como la única potencia económica mundial, y su moneda —el dólar— fue elegida como el ancla del nuevo sistema financiero internacional posguerra. El sistema del petrodólar, que unió geopolíticamente a Estados Unidos con Arabia Saudita, y la dependencia de la economía global del petróleo y sus derivados fundamentaron aún más el predominio del dólar, el cual se mantuvo aun después del fin del sistema de Bretton Woods a mediados de los años setenta. Pero, en los últimos años,| nuevos actores y desarrollos han cambiado el panorama geopolítico global, y el predominio del dólar parece menos cierto.

Por un lado, los países BRICS+ —que, aparte de los miembros originales Brazil, Rusia, India y China y Sudáfrica ahora incluyen a Egipto, Etiopía, Irán y los Emiratos Árabes Unidos, con una invitación pendiente para Arabia Saudita— representan una coalición deliberada de naciones que controlan recursos estratégicos, mercados masivos y una población de miles de millones de personas que cuestionan abiertamente el predominio económico y geopolítico de Estados Unidos e, indirectamente, el predomonio del dólar estadounidense. Brasil, bajo la presidencia de Lula da Silva, ha planteado explícitamente la creación de una moneda común entre los BRICS. China y Rusia han impulsado sistemas de pago alternativos. El Nuevo Banco de Desarrollo, creado por los BRICS+, realiza transacciones en monedas locales, no en dólares, y utiliza BRICS Pay en lugar del sistema SWIFT. Estas no son acciones simbólicas. Son los cimientos para la creación de un sistema financiero alternativo.

Por otro lado, mientras los BRICS+ buscan construir alternativas estatales al dólar, diferentes monedas digitales privadas y completamente descentralizadas —las llamadas criptomonedas— han emergido en los últimos años y han experimentado una adopción sorprendente en el sur global. En Argentina, el 35 % de los adultos posee o ha utilizado criptomonedas. En Nigeria, esa cifra asciende al 45 %. En contraste, en Estados Unidos es apenas del 16 %, y en Europa la tasa es mucho menor aún.

Los determinantes de este desarrollo son multifacéticos. En primer lugar, en economías afectadas por la inflación y la inestabilidad monetaria, el bitcoin y otras monedas digitales se consideran una forma de liberación del control de gobiernos impotentes o incompetentes. En segundo lugar, desde una perspectiva geopolítica y con una administración estadounidense extremadamente volátil —por decirlo diplomáticamente—, el remplazo, aunque sea parcial, del dólar estadounidense como medio de pago es una forma de liberación, o al menos de alivio, frente a la extrema dependencia económica de Estados Unidos y de su política monetaria. En efecto, cuando la Reserva Federal sube sus tasas de interés, el capital internacional fluye del sur global hacia los Estados Unidos, lo que a menudo genera inestabilidad financiera y económica. Adicionalmente, cuando el dólar se aprecia, los ingresos por exportación de los demás países caen automáticamente en términos reales, lo que afecta el poder adquisitivo de sus habitantes.

La invasión y la guerra de agresión rusa contra Ucrania en 2022 aceleraron significativamente este proceso. Cuando Occidente impuso sanciones económicas a Rusia, congelando miles de millones de dólares en reservas rusas y expulsando a varios bancos rusos del sistema de pagos SWIFT, el mensaje para el resto del mundo fue muy claro: tu dinero en dólares no está realmente a salvo si caes en desgracia con Washington. Esta señal ha sido particularmente impactante para las naciones de América Latina, que recuerdan demasiado bien las intervenciones estadounidenses —de todo tipo— en sus economías y sistemas políticos. Cuando los bancos rusos fueron excluidos de SWIFT, el rublo se desplomó un 40 %. Pero lo que sucedió después fue instructivo: Rusia simplemente giró hacia Asia. China se convirtió en su principal socio comercial, las transacciones se realizan ahora en yuanes, y, aunque Rusia fue afectada, su salida de la esfera de influencia del dólar no significó su colapso financiero u económico. La conclusión es clara: en un mundo crecientemente multipolar debido al ascenso económico de China, el dólar estadounidense y el pertenecer a la esfera de influencia de Estados Unidos ya no son la única alternativa para los países del sur global. En efecto, el crecimiento exponencial de las criptomonedas —aunque todavía representen una pequeña fracción de las reservas globales— y la capacidad de gobiernos y corporaciones para operar fuera del sistema SWIFT tradicional sugieren que el futuro será multipolar no solo a nivel de las naciones-estado, sino también a nivel de los sistemas de pago.

Para América Latina, todo esto implica un panorama complejo e incierto. Por un lado, el debilitamiento del dominio del dólar podría abrir espacios para una mayor autonomía monetaria, económica y política, en los que sus países podrían aprovechar mejor sus ventajas comparativas. Por otro lado, la pugna entre distintos bloques de países o sistemas políticos y monetarios probablemente generará mayor volatilidad financiera y económica, lo que supone más retos para países de economías emergentes como los de América Latina. En este contexto, el acuerdo EU-Mercosur adquiere una nueva importancia, ya que representa la unión económica de dos grandes grupos de países y mercados con valores sociales y sistemas democráticos similares.

Adicionalmente, hay peligros evidentes. El sistema financiero alterno basado en los países BRICS+ sigue siendo un proyecto incompleto. China e India tienen rivalidades fronterizas. Brasil, Sudáfrica e India son democracias; Rusia y China no lo son. Las contradicciones internas podrían fragmentar el proyecto antes de que prospere. Además, crear un nuevo sistema de pago internacional requiere infraestructura, confianza, instituciones sólidas. China posee capital e influencia, pero ¿invertiría México sus ahorros en yuanes?

Lo que está claro es que América Latina no puede permanecer pasiva en el contexto global actual. Los países latinoamericanos tienen recursos y activos que el mundo necesita: litio para las baterías de la transición energética, cobre para la electrificación y capacidad alimentaria para una población mundial creciente. Estos recursos deberían facilitar un mayor poder de negociación y una menor subordinación.

Una estrategia latinoamericana coherente requeriría varios elementos. Primero, fortalecer los espacios de integración regional reales. La Alianza del Pacífico y Mercosur deberían coordinar, no competir. Segundo, diversificar nuestras fuentes de financiamiento. El Banco Europeo de Inversiones, el Banco Asiático de Desarrollo y otras instituciones alternativas no son perfectas, pero ofrecen opciones que parecen cada vez más atractivas y eventualmente necesarias debido a la volátil política estadounidense. Tercero, y tal vez lo más importante: no reemplazar la subordinación al dólar por la subordinación a China. La verdadera autonomía requiere un juego de poder equilibrado y no cambiar la “membresía” de una esfera de influencia por otra.

El dominio del dólar no desaparecerá mañana. Seguirá siendo la moneda más importante durante décadas. Pero su hegemonía está fracturándose. En un mundo multipolar, donde BRICS+ opera sistemas de pago alternativos, donde Rusia y China comercian en sus propias monedas, donde las criptomonedas crecen exponencialmente y donde la Unión Europea busca una relativa autonomía, América Latina puede permitirse el lujo de la pasividad. La próxima década determinará si nuestra región será una pieza en el ajedrez de otros o un actor con voz propia en un sistema financiero genuinamente plural.