2  El nuevo orden mundial y la urgencia de diversificar la energía

Autores/as
Afiliaciones

Alberto Posso

Griffith University

Abelardo Posso-Serrano

Investigador independiente

El orden internacional que surgió tras la Segunda Guerra Mundial se construyó sobre una premisa ambiciosa: que los Estados estarían dispuestos a ceder parte de su soberanía en favor de la estabilidad global. Bajo el paraguas de la Carta de las Naciones Unidas, se intentó establecer una comunidad internacional basada en reglas, cooperación y resolución pacífica de conflictos.

Durante décadas, ese sistema, aunque imperfecto, logró evitar una guerra global y permitió avances significativos en comercio, desarrollo, derechos humanos y cooperación científica. Sin embargo, nunca fue un sistema completamente sólido. Siempre dependió, en última instancia, de la voluntad política de los Estados.

Hoy, esa voluntad está claramente en retroceso.

El resurgimiento de liderazgos nacionalistas, ambiciones regionales y visiones ideológicas incompatibles ha debilitado gravemente ese orden. El escenario actual, marcado por tensiones como las que involucran a Irán, Israel y Estados Unidos, no es un hecho aislado, sino un síntoma de un problema estructural más profundo: el mundo sigue siendo excesivamente vulnerable a los conflictos políticos de un pequeño número de países.

Y esa vulnerabilidad no es solo militar o diplomática. Es, también, energética.

1 Dependencia energética: el talón de Aquiles global

Gran parte de la economía mundial sigue dependiendo del petróleo y gas provenientes de regiones políticamente inestables, particularmente del Medio Oriente. Esto significa que cualquier escalada, ya sea un conflicto directo, sanciones, bloqueos o incluso amenazas, tiene efectos inmediatos y globales. Por ejemplo, el aumento de precios, inflación, disrupciones en cadenas de suministro y desaceleración económica.

En otras palabras, el sistema energético mundial está atado a la volatilidad política de unos pocos actores.

Esto no es sostenible.

2 El error del enfoque actual

El debate sobre la diversificación energética ha estado dominado por un argumento central: el cambio climático. Y ese argumento es válido. No reducir la dependencia de combustibles fósiles implica riesgos enormes a largo plazo para el planeta.

Pero ese no es el único problema y quizás no es el más urgente en el corto plazo.

El riesgo político es inmediato. Está ocurriendo ahora. Cada crisis en el Medio Oriente, cada tensión geopolítica, cada enfrentamiento indirecto entre potencias, tiene el potencial de desestabilizar la economía global en cuestión de días. No es un escenario hipotético; es un patrón repetido.

Ignorar esto es un error estratégico.

3 Diversificación energética como política de seguridad

La diversificación de fuentes de energía no debe entenderse únicamente como una política ambiental, sino como una política de seguridad nacional e internacional.

Reducir la dependencia de regiones conflictivas implica (i) mayor estabilidad económica interna; (ii) menor exposición a crisis externas; (iii) mayor autonomía estratégica, y (iv) reducción del poder geopolítico desproporcionado de ciertos actores.

Esto incluye no solo energías renovables, sino también diversificación geográfica de proveedores, desarrollo tecnológico interno y fortalecimiento de infraestructuras energéticas resilientes.

4 Conclusión

El problema no es solo que existan conflictos en regiones clave. El problema es que el mundo ha construido su funcionamiento sobre la base de que esos conflictos no ocurran o no escalen.

Esa suposición ya no es válida. El nuevo orden mundial, aún en formación, estará definido por cómo los Estados respondan a esta realidad. Aquellos que logren reducir su exposición a los vaivenes políticos externos tendrán una ventaja decisiva.

Y, en ese camino, la diversificación energética no es solo una política inteligente.

Es una condición de supervivencia estratégica.